De forma progresiva, la ignorancia ha
ido perdiendo sus connotaciones negativas hasta llegar a un punto en el que se
ha prestigiado. Antoni Brey lo explica perfectamente en su obra Sociedad de la Ignorancia “Se ha
disipado el pudor a mostrar en público la propia ignorancia, e incluso con
frecuencia se exhibe con orgullo, como un aditivo más de una personalidad apta
para gozar al máximo del hedonismo y la inmediatez que proporciona un
consumismo desenfrenado”.
Como ya
mencioné en una anterior entrada del blog, http://eldiariodeanais.blogspot.com.es/2015/05/la-perdida-de-los-valores-morales-en-la.html,
vivimos, sin duda, una crisis de valores que genera una crisis social. Nuestra crisis es
más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos o de la codicia de
los banqueros. Es hora de asumir que nuestros problemas no se terminarán
cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes o con una
huelga general, de reconocer que el principal problema de España no es el euro
o Ángela Merkel. De una vez por todas admitamos que somos un país mediocre.
Ningún país alcanza semejante
condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el
resultado de una cadena que comienza en casa y en la escuela y termina en la
clase dirigente. Hemos creado una
cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio,
los primeros en ser ascendidos en el trabajo, los que más se hacen escuchar en los medios de
comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin
importar lo que hagan porque son de los nuestros. Estamos tan acostumbrados
a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural
de las cosas.
Hoy en día, cualquiera, independientemente de su
formación y cultura, puede acceder a lo más alto de la estructura social.
Y al mismo tiempo que la ignorancia se
ha normalizado, el conocimiento se ha desprestigiado, cargándose de
connotaciones negativas.
Todo esto se debe a la abundancia de la mediocridad. Cuando la masa gira hacia la sociedad de la
ignorancia, se dan todas las papeletas para que los que más destaquen sean las
personas más mediocres, mientras que los verdaderos talentosos son relegados a
un segundo plano.
Los hombres mediocres se caracterizan porque son incapaces
de formarse un ideal, son rutinarios y mansos. Normalmente piensan con la cabeza de los demás, se
limitan a repetir como loros lo que el poder quiere que diga a través de sus medios de comunicación de masas,
comparten la hipocresía moral de la sociedad de la ignorancia y se ajustan
perfectamente a los hábitos domésticos de la mayoría.
Están
fuera de su órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, les supone demasiado
esfuerzo. El horror a lo desconocido los ata a mil prejuicios, nada aguijonea
su curiosidad, no tienen iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran
ojos en la nuca. No
son capaces de ver más allá, viven el día a día, en su rutina, en su mundo cerrado,
sin interesarse por los asuntos públicos de la comunidad donde viven.
Así lo explica José Ingenieros en su obra
El hombre mediocre:
“Los que
conforman esta masa borrega no viven su vida para sí mismos, sino para el
fantasma que proyectan en la opinión de los demás. Cuando reinan, el ambiente en la sociedad se vuelve refractario a todo
afán de perfección, los ideales se agostan y la dignidad se ausenta. Subvierten
la tabla de los valores morales, falseando nombres, desvirtuando conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es
irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontera, la admiración
una imprudencia, la pasión ingenuidad, la virtud una estupidez. Los dogmatistas y los serviles aguzan sus silogismos para falsear los
valores en la conciencia social; viven en la mentira, comen de ella, la
siembran, la riegan, la podan, la cosechan. Así crean un mundo de valores
ficticios que favorece la culminación de los obtusos; así tejen su sorda telaraña en torno de los genios, los santos y los
héroes, obstruyendo en los pueblos la admiración de la gloria. Cierran el
corral cada vez que cimbra en las cercanías el aletazo inequívoco de un águila.
Ningún idealismo
es respetado.
Si un filósofo estudia la verdad, tiene que luchar contra los dogmatistas
momificados; si un santo persigue la virtud se astilla contra los prejuicios
morales del hombre acomodado; si el artista sueña nuevas formas, ritmos o
armonías, ciérranle el paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el
enamorado quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las hipocresías
del convencionalismo; si un juvenil impulso de energía lleva a inventar, a
crear, a regenerar, la vejez conservadora atájale el paso; si alguien, con
gesto decisivo, enseña la dignidad, la turba de los serviles le ladra; al que
toma el camino de las cumbres, los envidiosos le carcomen la reputación con
saña malévola”.
En las épocas en que la sociedad de la
ignorancia se acomoda y la masa borrega reina, mayor será la distancia entre
las ideas de un sabio de las de la masa y más difícil será la asimilación del
conocimiento por ésta.
Lo
curioso es que la masa se creerá tan lista como cualquier intelectual, crítico
o sabio. La sospecha de que alguien pretenda
entender de algo un poco más pondrá al hombre mediocre fuera de sí.
Cuando
la masa degenera hasta tal punto, son inútiles los razonamientos. Su enfermedad consiste precisamente en
que no quiere dejarse influir, en que no está dispuesta a la humilde actitud de
escuchar. Cuanto más se le quiera explicar, más herméticamente
cerrará sus oídos y con mayor violencia pisoteará a los que tratan de enseñar.
Las
épocas de decadencia,
como la que nos encontramos, son las
épocas en que la minoría directora del pueblo ha perdido sus cualidades de
excelencia, aquéllas precisamente que ocasionaron su elevación. Contra esta
aristocracia ineficaz y corrompida se
rebela la masa justamente.
La sociedad degenera hasta tal punto
que ni siquiera se tiene en consideración la lucha de nuestros antepasados, ni
siquiera se asienta en las conciencias la necesidad
de no sólo dejar un futuro mejor para los descendientes sino también unos
descendientes mejores para el futuro.
Los vicios de la clase política no son
otros que los vicios de la sociedad en la que nos
movemos y mientras se muevan en la mediocridad y no recobren la dignidad y la
virtud, el afán por el conocimiento y el saber y la conciencia de que el cambio
empieza por uno mismo, la sociedad, empezando por las instituciones
democráticas, sociales y empresariales, solo conocerán la corrupción, el vicio
y la degeneración.
Como dijo Ortega, en un país donde la
masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior, se dan todas
las probabilidades para que los únicos influyentes sean los más vulgares; es
decir, los más fácilmente asimilables; es decir, los más rematadamente imbéciles.
España
ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin
complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el
concurso Gran Hermano, para el
programa Mujeres y Hombres y Viceversa
y de ahí dar el gran salto definitivo a Sálvame.
España es el país en el que políticos y periodistas se insultan en programas de
televisión de máxima audiencia sin aportar una idea. España es el país donde se
aplaude y vitorea a delincuentes cuando salen de la cárcel. España es el país
de jefes mediocres que se rodean de subordinados mediocres para disimular su
propia mediocridad. España es el país en el que los estudiantes mediocres ridiculizan
al compañero que se esfuerza. España es el país donde gobiernan los peores y
encima se les sigue votando.
¿Veis todo esto reflejado en España? Por supuesto, porque mediocre es un país con una cuarta parte de
su población en paro que sin embargo encuentra motivos para indignarse cuando
se hace una pitada en un himno en un partido de fútbol. Mediocre es un país donde la brillantez del
otro provoca recelo, la creatividad es marginada y la independencia y la
libertad de expresión (según de quién) es sancionada. Mediocre es un país que
ha permitido, fomentado, celebrado el
triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse
engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.




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