martes, 9 de junio de 2015

ESPAÑA, PAÍS DE MEDIOCRES

De forma progresiva, la ignorancia ha ido perdiendo sus connotaciones negativas hasta llegar a un punto en el que se ha prestigiado. Antoni Brey lo explica perfectamente en su obra Sociedad de la IgnoranciaSe ha disipado el pudor a mostrar en público la propia ignorancia, e incluso con frecuencia se exhibe con orgullo, como un aditivo más de una personalidad apta para gozar al máximo del hedonismo y la inmediatez que proporciona un consumismo desenfrenado”.

Como ya mencioné en una anterior entrada del blog, http://eldiariodeanais.blogspot.com.es/2015/05/la-perdida-de-los-valores-morales-en-la.html, vivimos, sin duda, una crisis de valores que genera una crisis social. Nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos o de la codicia de los banqueros. Es hora de asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes o con una huelga general, de reconocer que el principal problema de España no es el euro o Ángela Merkel. De una vez por todas admitamos que somos un país mediocre.  

Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en casa y en la escuela y termina en la clase dirigente. Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en el trabajo, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan porque son de los nuestros. Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas.

Hoy en día, cualquiera, independientemente de su formación y cultura, puede acceder a lo más alto de la estructura social. Y al mismo tiempo que la ignorancia se ha normalizado, el conocimiento se ha desprestigiado, cargándose de connotaciones negativas.

Todo esto se debe a la abundancia de la mediocridad. Cuando la masa gira hacia la sociedad de la ignorancia, se dan todas las papeletas para que los que más destaquen sean las personas más mediocres, mientras que los verdaderos talentosos son relegados a un segundo plano.

Los hombres mediocres se caracterizan porque son incapaces de formarse un ideal, son rutinarios y mansos. Normalmente piensan con la cabeza de los demás, se limitan a repetir como loros lo que el poder quiere que diga a través de sus medios de comunicación de masas, comparten la hipocresía moral de la sociedad de la ignorancia y se ajustan perfectamente a los hábitos domésticos de la mayoría.

Están fuera de su órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, les supone demasiado esfuerzo. El horror a lo desconocido los ata a mil prejuicios, nada aguijonea su curiosidad, no tienen iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran ojos en la nuca. No son capaces de ver más allá, viven el día a día, en su rutina, en su mundo cerrado, sin interesarse por los asuntos públicos de la comunidad donde viven.

Así lo explica José Ingenieros en su obra  El hombre mediocre:

“Los que conforman esta masa borrega no viven su vida para sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la opinión de los demás. Cuando reinan, el ambiente en la sociedad se vuelve refractario a todo afán de perfección, los ideales se agostan y la dignidad se ausenta. Subvierten la tabla de los valores morales, falseando nombres, desvirtuando conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontera, la admiración una imprudencia, la pasión ingenuidad, la virtud una estupidez. Los dogmatistas y los serviles aguzan sus silogismos para falsear los valores en la conciencia social; viven en la mentira, comen de ella, la siembran, la riegan, la podan, la cosechan. Así crean un mundo de valores ficticios que favorece la culminación de los obtusos; así tejen su sorda telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes, obstruyendo en los pueblos la admiración de la gloria. Cierran el corral cada vez que cimbra en las cercanías el aletazo inequívoco de un águila.

Ningún idealismo es respetado. Si un filósofo estudia la verdad, tiene que luchar contra los dogmatistas momificados; si un santo persigue la virtud se astilla contra los prejuicios morales del hombre acomodado; si el artista sueña nuevas formas, ritmos o armonías, ciérranle el paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el enamorado quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las hipocresías del convencionalismo; si un juvenil impulso de energía lleva a inventar, a crear, a regenerar, la vejez conservadora atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad, la turba de los serviles le ladra; al que toma el camino de las cumbres, los envidiosos le carcomen la reputación con saña malévola”.

En las épocas en que la sociedad de la ignorancia se acomoda y la masa borrega reina, mayor será la distancia entre las ideas de un sabio de las de la masa y más difícil será la asimilación del conocimiento por ésta.

Lo curioso es que la masa se creerá tan lista como cualquier intelectual, crítico o sabio. La sospecha de que alguien pretenda entender de algo un poco más pondrá al hombre mediocre fuera de sí.

Cuando la masa degenera hasta tal punto, son inútiles los razonamientos. Su enfermedad consiste precisamente en que no quiere dejarse influir, en que no está dispuesta a la humilde actitud de escuchar. Cuanto más se le quiera explicar, más herméticamente cerrará sus oídos y con mayor violencia pisoteará a los que tratan de enseñar.

Las épocas de decadencia, como la que nos encontramos, son las épocas en que la minoría directora del pueblo ha perdido sus cualidades de excelencia, aquéllas precisamente que ocasionaron su elevación. Contra esta aristocracia ineficaz y corrompida se rebela la masa justamente.
La sociedad degenera hasta tal punto que ni siquiera se tiene en consideración la lucha de nuestros antepasados, ni siquiera se asienta en las conciencias la necesidad de no sólo dejar un futuro mejor para los descendientes sino también unos descendientes mejores para el futuro.

Los vicios de la clase política no son otros que los vicios de la sociedad en la que nos movemos y mientras se muevan en la mediocridad y no recobren la dignidad y la virtud, el afán por el conocimiento y el saber y la conciencia de que el cambio empieza por uno mismo, la sociedad, empezando por las instituciones democráticas, sociales y empresariales, solo conocerán la corrupción, el vicio y la degeneración.

Como dijo Ortega, en un país donde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior, se dan todas las probabilidades para que los únicos influyentes sean los más vulgares; es decir, los más fácilmente asimilables; es decir, los más rematadamente imbéciles.

España ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, perseguida sin complejos por esos miles de jóvenes que buscan ocupar la próxima plaza en el concurso Gran Hermano, para el programa Mujeres y Hombres y Viceversa y de ahí dar el gran salto definitivo a Sálvame. España es el país en el que políticos y periodistas se insultan en programas de televisión de máxima audiencia sin aportar una idea. España es el país donde se aplaude y vitorea a delincuentes cuando salen de la cárcel. España es el país de jefes mediocres que se rodean de subordinados mediocres para disimular su propia mediocridad. España es el país en el que los estudiantes mediocres ridiculizan al compañero que se esfuerza. España es el país donde gobiernan los peores y encima se les sigue votando.

¿Veis todo esto reflejado en España? Por supuesto, porque mediocre es un país con una cuarta parte de su población en paro que sin embargo encuentra motivos para indignarse cuando se hace una pitada en un himno en un partido de fútbolMediocre es un país donde la brillantez del otro provoca recelo, la creatividad es marginada y la independencia y la libertad de expresión (según de quién)  es sancionada. Mediocre es un país que ha permitido, fomentado, celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.









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